La sabiduría popular siempre ha tenido bastante claro que al perro flaco, todo se le vuelven pulgas. Pero una serie de investigaciones sobre salud pública en tiempos más que difíciles -desde la Segunda Guerra Mundial al sitio de Sarajevo- apuntan hacia una especie de paradójica consolación: lo que no te mata, te hace más fuerte. La última evidencia es un estudio de la Universidad de Michigan, dirigido por el investigador español José Tapia Granados, que documenta cómo la Gran Depresión tuvo apreciables efectos beneficiosos para la esperanza de vida en Estados Unidos.
De acuerdo al trabajo, publicado por la revista «Proceedings» de la Academia Nacional de Ciencias y que ha recibido especial atención al hilo de la actual crisis económica, durante los tiempos de máximas dificultades financieras en la historia estadounidense la esperanza de vida llegó a incrementarse 6,2 años. Con un aumento de longevidad (compartido por hombres y mujeres, blancos y negros) por el que se pasó de 57,1 años en 1929 a 63,2 años en 1932.
El suicidio, la excepción
El análisis del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Michigan, realizado también por la investigadora argentina Ana Diez Roux, se ha centrado en las seis causas que componían aproximadamente dos tercios de la mortalidad total de Estados Unidos en los años treinta: enfermedades cardiovasculares y renales, cáncer, gripe y neumonía, tuberculosis, heridas en accidentes de tráfico y suicidios. Con un claro descenso en todos y cada uno de esos frentes durante la Gran Depresión, salvo la excepción de los desesperados suicidios.
De igual manera, a lo largo del acelerado «boom» de expansión económica experimentado por Estados Unidos entre 1936 y 1937, las expectativas de vida se vieron mermadas. Según ha apuntado Tapia Granados en declaraciones a ABC, durante malos tiempos económicos el ritmo laboral se ralentiza. Hay menos estrés por largas jornadas de trabajo y más tiempo para dormir. Y como la gente dispone de menos dinero, se reducen las posibilidades de gastar dinero en alcohol y tabaco. Y también se recortan los excesos en la dieta.
Por el contrario, las expansiones económicas están vinculadas con un aumento de las horas extras y el trabajo a destajo. O una mayor contaminación atmosférica con efectos, bien documentados, a corto plazo sobre la mortalidad por enfermedades cardiovasculares y respiratorias. Los tiempos de bonanza económica también podrían ser malos para la salud al promover la obsesión por el trabajo -el «karoshi» japonés- y el aislamiento social.
Tapia Granados también ha encontrado esta paradoja en España. Tras analizar los datos de mortalidad de las cincuenta provincias españolas entre 1980 y 1997, ha documentado una correlación entre crisis económica, niveles de desempleo que llegaron hasta un 25 por ciento y una mayor esperanza de vida. Con lecciones estoicas para una mejor salud que tienden a olvidarse cuando pasan los tiempos de vacas flacas.
El investigador español no tiene ninguna duda de que el fenómeno de la recesión saludable se va a volver a repetir una vez más. Y de hecho, ya hay datos en Estados Unidos que apuntan, por ejemplo, a que la mortalidad por accidentes de tráfico durante el 2008 se redujo un 10 por ciento con respecto al año anterior. En clara sintonía con la reducción de desplazamientos comerciales y personales impuesta por la recesión que la economía americana empezó a sufrir a partir de diciembre del 2007.
Tomado de ABC.es
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